29/4/2010

Nuestra manera de trabajar es la ventaja competitiva más determinante, y sin embargo es la más ignorada

El año pasado se dieron de baja en España 231.993 empresas frente a 164.592 empresas que se dieron de alta, lo que arroja una mortalidad empresarial equivalente a 67.401 empresas. O dicho de otra manera: cada día del año pasado desaparecieron en España 184 empresas.

Y esta desaparición de empresas se está acelerando aún más, pues ahora, en lo que va de año 2010, cada día cierran en España ¡264 empresas!

Y lo más preocupante de esta sangría de empresas, origen del contínuo goteo de destrucción laboral (la tasa de paro española ya supera el 20%), es el hecho de que la inmensa mayoría de estas empresas que están cerrando no están relacionadas directamente con el sector del ladrillo, lo que nos da una idea de lo mal que está nuestro tejido productivo.

Y es que con frecuencia se han atribuido los fallos del modelo productivo de España a la burbuja inmobiliaria. Esto es cierto, desde luego, pero hay también una causa más profunda para los males de España: la falta de competitividad.

Pero ¿por qué la economía nacional está a la cola de la productividad? Pues se me ocurren mil y una razones, a saber:
  • Contar con uno de los sistemas laborales más rígidos de los países desarrollados.
  • La burrocracia, es decir: el papeleo excesivo, las formalidades superfluas y los procesos inútiles que empapa a todos los estamentos, incluida la empresa privada.
  • La costumbre de sobrevivir con subvenciones y seguir creyendo que tarde o temprano vendrá alguien a salvarnos (por cierto, a partir del año 2013 se terminan las ayudas europeas).
  • La mentalidad funcionarial generalizada y la falta de cultura a la iniciativa, al emprendimiento, al riesgo y a la innovación.
  • El cortoplacismo empresarial, esto es: la persecución continuada de ganancias al corto plazo (el dinero fácil y rápido) en lugar de pensar en verdaderas estrategias sostenibles a largo plazo (sostenibilidad medioambiental, social, económica y cultural).
  • Trabajar a salto de mata y siempre con emergencias, en lugar de planear mejor y organizarse para anticiparse a los posibles problemas para, en definitiva, ser más eficaz y eficiente.
  • Seguir funcionando con el modelo de management tradicional, que presta especial atención a la disciplina, el control y el orden pero ignora casi por completo el entusiasmo, la creatividad y el compromiso de los empleados.
  • Insistir en la jornada partida y seguir evaluando el desempeño de las personas por las horas trabajadas (la jornada laboral de 40 horas semanales) en lugar de por los resultados.
  • Seguir creyendo que el valor de una empresa se genera básicamente con el trabajo duro y la obediencia de los empleados (la efectividad no está en el cumplimiento de unas normas, como sucede con los trabajos más mecánicos, sino en el compromiso personal con el que se hace la tarea y en las capacidades personales desarrolladas).
  • La falta de confianza en el trabajador y, por lo tanto, el escaso compromiso del mismo para con el proyecto empresarial.
  • La aprensión a la diversión en el trabajo, como si hubiese que pasarlo mal trabajando.
  • La falta de profesionalidad y de seriedad generalizada (por ejemplo, que te digan que tendrás tu pedido para el día 10, y el día 10 no lo obtienes, ni tampoco el 11 ni el 12…, y no te llaman ni dan la cara).

Podría seguir ad infinitum

El caso es que el panorama empresarial y laboral español es atroz, y si no afrontamos pronto una verdadera reforma de calado, este país estará condenado, puede que por generaciones, a vivir en una situación muy pero que muy complicada.

Y esta reforma laboral debe centrarse de una vez por todas en cómo gestionamos las empresas y a las personas que trabajan en ellas. Porque es más importante la manera en la que hacemos las cosas que lo que vendemos. Porque nuestra manera de trabajar es la ventaja competitiva más determinante, y sin embargo es la más ignorada.

Nuestra manera de trabajar no es productiva


Parte de la solución al problema productivo español está en liberarnos de tanto papeleo superfluo, demasiado detallado, rígido e inadecuado para las circunstancias tan cambiantes que estamos viviendo a comienzos del siglo XXI

2 comentarios :

manuela dijo...

Qué buén análisis, Albeto!
Se me ocurren un par de puntos más a añadir a la lista de causas de la incompetencia de la economía Española:
1. Falta de especialización. No somos buenos en nada que no sea paella y siesta.
2. Un modelo sindical caduco. Ésta semana entrevisté a un líder sindicalista supuestamente defensor de los derechos de los trabajadores y me contó, orgulloso él, que en su sindicato nadie trabajaba más de 30 horas a la semana. "Y tienen todos dos tardes a la semana libres", añadió. Claro, el problema es que la asesoría jurídica del sindicato está colapsada por centenares de casos de trabajadores con problemas. Pero para el sindicalista la prioridad es que presumir del "privilegiado" horario de sus empleados.

Alberto Dotras dijo...

Los sindicatos van a piñón fijo. Da la impresión de que para ellos sólo hay dos cuestiones esenciales: disminuir las horas de trabajo y aumentar la nómina. Es decir, básicamente defienden sólo los derechos extrínsecos del trabajador (dinero y tiempo), pero ignoran todos sus derechos intrínsecos y emocionales, como por ejemplo que el trabajador pueda tener el control de su propio tiempo de trabajo (la autogestión del trabajo), el poder desarrollar su autoestima a través del trabajo, el disponer de retos laborales, que su trabajo le haga sentir bien consigo mismo, sentir que su trabajo no es solamente una forma de obtener dinero... Porque aunque es obvio que las personas trabajamos por dinero, el dinero por sí mismo no hace que la mayoría de trabajadores se sientan satisfechos, comprometidos o motivados. El dinero es una condición necesaria, pero no suficiente. Así lo refleja una reciente encuesta que aparece en el libro "La Clase Creativa" de Richard Florida, que dice que nueve de los diez factores más valorados por los trabajadores son intrínsecos. El salario (el único factor extrínsico de entre los 10 primeros) aparece en la 4ª posición, muy por detrás de los retos laborales (el 1º) o de la flexibilidad horaria (el 2º).

A mi modo de ver, es un error de bulto que los sindicatos basen su lucha en reducir la jornada laboral. Por un lado vendernos como un éxito una posible reducción de horas de la jornada laboral es como claudicar a la exclavitud del trabajador, es admitir que el empresario sigue siendo dueño del tiempo de trabajo del empleado. Y además es un absurdo, porque medir el trabajo por el tiempo en lugar de por los resultados es de lo más improductivo. Pero claro, parece que a los sindicatos les duele que uno disfrute trabajando, porque eso supondría probablemente que la persona trabajaría más horas.

 
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