04 junio 2010

El trabajo no es un lugar adonde uno va; es algo que uno hace

Hoy me he enterado que al parecer el coste real de kilometraje de un coche –imputando todos los gastos: amortización del vehículo, mantenimiento y reparación, neumáticos, carburante, seguros, etc. – es de 0,45 €/Km recorrido.

Así las cosas, resulta que yo me gasto unos 10,80€ diarios por simplemente acudir al trabajo con mi coche (la alternativa que tengo de servicio público es inviable), habida cuenta que hay unos 6km de distancia entre mi casa y la oficina, y que mi jornada laboral es partida (de 9 a 13:30h, y de 16 a 19h), lo que implica un total de 4 desplazamientos diarios (0,45€ * 6km * 4viajes = 10,80€).

Como quiera que tengo una media de 21 días laborables al mes (descontadas festividades), entonces el coste real al mes por estos desplazamientos en coche entre mi domicilio y el centro de trabajo es de 226,80€; o sea, aproximadamente 2.500€ al año (descontado el mes de vacaciones).

A este coste habría que añadirle el tiempo perdido que empleo en estos desplazamientos de trabajo, que en mi caso particular suele ser unos 20 minutos por viaje. Vamos, que cada día que trabajo pierdo en viajes alrededor de una hora y veinte minutos, lo que equivale a 28 horas al mes. O dicho de otra manera: cada año pierdo cerca de 13 días sólo en desplazamientos de trabajo. Un tiempo perdido que se detrae del tiempo que pudiera dedicar a mi descanso, ocio, sueño o incluso al propio trabajo en sí.

Más aún, a buen seguro que esta pérdida de tiempo anual es todavía mayor si se tiene en cuenta el tiempo que se malgasta por culpa de algún que otro atasco de tráfico generado precisamente porque casi todos nos desplazamos a las mismas horas para ir al trabajo y volver a casa. Por no hablar del estrés, desperdicio en combustible y deterioro medioambiental que provocan estos desesperantes atascos en horas punta.

Secuencia inicial de la película Office Space (1999) que escenifica el absurdo de los desplazamientos al trabajo

Sea como fuere, lo que está claro es que ir y venir del trabajo genera en todo un país un más que considerable coste de dinero, tiempo y medioambiente. Y ni que decir tiene que habría que hincarle el diente a tanto derroche en desplazamientos diarios al lugar de trabajo.

De entrada, en España bien podríamos acabar de una vez por todas con el absurdo de la jornada laboral partida, lo que implica desplazarse al trabajo cada día por partida doble (España es casi el único país europeo donde existe la jornada partida con un descanso de horas entremedias para la comida). Aunque vista la incompetencia de nuestros gobernantes, mucho me temo que la reforma laboral española en ciernes no va a poner sobre el tapete este problema de la jornada partida, que tanto daño está haciendo a nuestra productividad y a la conciliación entre la vida laboral y la vida familiar (España está a la cabeza de la cantidad de horas trabajadas al día y a la cola de la productividad).

En cualquier caso yo quiero ir más allá de simplemente criticar la improductividad de la jornada partida. Y es que estoy convencido que en la mayoría de los casos no es necesario desplazarse al trabajo un día sí y otro también. Si por ejemplo pienso en el desempeño de mi propio trabajo, resulta que podría realizar perfectamente casi todas las tareas desde casa, con un móvil, ordenador personal y conexión a Internet. Ciertamente, los resultados de mi trabajo no dependen de mi presencia física en la oficina sino de mi capacidad para alcanzar los objetivos. Como muy bien dice la experta en teletrabajo Martha Johnson: “El trabajo no es un lugar adonde uno va; es algo que uno hace”.

Es verdad que hasta ayer no nos quedaba más remedio que ir a trabajar a la fábrica, porque si no era imposible llevar a cabo las tareas. Pero la tecnología moderna ha cambiado esta regla del juego del presencialismo establecida en la revolución industrial. Hoy, gracias a la conectividad, la presencia física diaria en una oficina ya no es imprescindible. Y sin embargo, todavía se nos sigue exigiendo estar presentes puntualmente todos los días en un espacio físico. Acudimos a los cubículos que nos han asignado, aunque luego llevemos a cabo trabajos virtuales que en la mayoría de los casos bien podríamos realizar desde casa o en cualquier otro lugar.

¿No es ridículo tener que llegar puntuales al lugar de trabajo todos los días a las 9 de la mañana para luego, total, realizar tareas virtuales que requieren concentración (estar tranquilo y concentrado es más importante que ser puntual) y creatividad (las ideas para ese nuevo producto, servicio o compañía pueden surgir en cualquier momento, y no sólo en "horario de oficina" entre las 9 de la mañana y las 7 de la tarde)? ¿Y qué pasa si sabes que esta mañana te sentirás cansado, distraído y poco motivado en el trabajo, y pasarás tu día como un sonámbulo? ¿Por qué ir a la oficina? ¿Por qué desperdiciar tu tiempo y el de tu compañía haciendo que trabajas duro? ¿Por qué correr el riesgo de tomar una mala decisión? ¿Acaso no es mucho más sensato hacer tu contribución al trabajo en el momento y lugar que más te convenga, cuando mejor te sientas para realizarlo, cuando en verdad serás más productivo?

¿Queremos ser productivos? Pues librémonos de esta obsoleta cultura del presencialismo, propia de la era industrial, basada en medir el trabajo del empleado por su presencia física, más que por su actividad productiva.

Ojo, no estoy diciendo que ahora de repente el trabajo no exija dedicación y entrega. Sólo porque tu eficacia en el trabajo ya no se mida por el presencialismo, eso no significa que puedas escaquearte y ser improductivo. De hecho sucederá justamente lo contrario si en verdad hay confianza por parte de la empresa y responsabilidad por parte del empleado. Al no exigirse la presencia física, el empleado ha de volverse mucho más preciso en la comunicación con los demás, planeará y se anticipará a los problemas (será el primer interesado en dejar los cabos bien atados en cada interacción), trabajará con menos emergencias y, en definitiva, será mucho más eficaz y eficiente con sus tareas que en un entorno de trabajo tradicional.

En resumidas cuentas, la clave para ser productivos pasa por trabajar a resultado y cobrar a resultado, y no por cumplir con un horario laboral otorgado que exige presencia física. ¿No queremos ser productivos y competitivos? Pues entonces lo que tenemos que hacer es implementar el modelo de gestión del trabajo orientado exclusivamente por los resultados ROWE (por sus siglas en inglés Results-Only Work Enviroment).

 
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